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Érase una vez un cuento de cigüeñas

Érase una vez, una escuela de primaria situada en Slavonski Brod. Una pequeña ciudad a unos 200 km de Zagreg, en Croacia. Allí trabajaba Stipe Vokic, un conserje de vida sencilla, al que le gustaba pasear por la abundantes parajes naturales que abundan en los alrededores. Sobre todo, a Stipe, disfrutaba observando las aves. Su vuelo, sus rituales, y sobre todo le llamaban poderosamente la atención las cigüeñas y sus inmensos nidos.

Era primavera y se acercaba el buen tiempo. Las cigüeñas empezaban a llegar desde el valle del Nilo, a trece mil kilómetros de distancia, para volver a ocupar sus nidos en lo alto de campanarios y tejados. Stipe caminaba sin prisa, en una arboleda apartada, deteniéndose de vez en cuando y levantando la cabeza, intentando identificar el canto de algún ave. Dos detonaciones seguidas se oyeron a lo lejos. Pum pum. Stipe frunció el ceño y apretó las mandíbulas. «Malditos bastardos», pensó. «No es época de caza». No le había dado tiempo a desencajar el gesto, cuando delante de él, a unos cien metros, vio caer algo a plomo. Era grande. Inició un pequeño trote, que fue acelerando conforme se iba acercando a la zona de la caída.

Allí estaba en el suelo. Una cigueña, con su plumaje blanco tintado con su propia sangre. Respiraba, pero estaba malherida. El cazador no le había acertado de lleno, pero los perdigones que le habían alcanzado le habían hecho un importante destrozo, sobre todo en el ala derecha. A Stipe se le encogió el corazón, y tuvo que tragar saliva varias veces para no romper a llorar allí mismo. Sin pensarlo dos veces, cogió la cigüeña con cuidado y se la llevó para tratar de salvarla. El coche no estaba lejos, la dejó en el asiento trasero y arrancó.

Damir, amigo y veterinario de Stipe abrió su consulta nerviosamente, mientras el conserje la sujetaba con suavidad y firmeza. Era sábado, pero las emergencias no entienden de festivos. Cruzaron la sala de espera y entraron directamente hacia la mesa. La inmovilizaron y mientras Damir se ponía manos a la obra, con guantes y mascarilla, Stipe se cruzaba de brazos y se retiraba dos pasos hacia atrás mientras observaba a su amigo hacer su trabajo. Damir levantaba la cabeza y esbozaba una pequeña sonrisa. – Tranquilo. Vivirá. Pero no creo que pueda volver a volar grandes distancias – Stipe suspiraba y miraba hacia abajo. Descruzaba los brazos mientras retuercía la gorra que aún mantenía entre las manos.

Ya en el colegio, Stipe, continuaba con los cuidados de Malena. Efectivamente, la cigüeña ya tenía nombre y hogar. Ese hogar era el colegio de primaria de Stipe que, una vez hablado con la junta directiva, quedaba aprobado. Malena serviría para que los alumnos tuvieran de primera mano, la posibilidad de observar las costumbres de este tipo de aves en su propio tejado, donde el conserje se ocupó de construirle un nido adecuadamente situado. Malena apenas podía volar lo suficiente ir hasta el nido y volver; pero un viaje de migración era impensable para ella. Y Stipe estaba convencido que ella era plenamente consciente de su limitación. – ¿Que pasará cuando quiera migrar otra vez a Africa?- Le preguntaban algunos alumnos. – Ella sabe, que nunca más va a poder volver al Nilo. – Contestaba el conserje.

El curso iniciaba su recta final, cuando una cigüeña macho con aires de romeo, se acercaba con románticas intenciones a Malena, y en pocos días, el romance ya era oficial. El conserje bautizó a la pareja con el bonito nombre de Rodan que se quedó en en nido junto a Malena. Rodan se ocupaba de ella. Le llevaba comida fresca, reparaba el nido. Y pronto llegaron los polluelos. Por supuesto, Rodan también se encargaba de enseñar a volar a los polluelos. Stipe se pasaba horas observando la familia de cigüeñas e intentaba intervenir sólo lo estrictamente necesario.

Pasó el verano y llegó el frío. Los polluelos se habían convertido en unos jovenzuelos que volaban solos. Era hora de partir hacia el valle del Nilo, pero Malena no podía volar. Rodan y los polluelos volaban en círculos alrededor del nido, llamándola, pero Malena, de alguna forma, sabía que no podía ir. Por la mejilla de Stipe resbalaban varios lagrimones mientras su amigo Damir le apoyaba la mano en el hombro. Ambos eran testigos mudos de una despedida inminente. Finalmente Rodan y los polluelos iniciaron el viaje sin Malena.

Durante el invierno Stipe cuidaba de Malena cada día para que no le faltara de nada. Los primeros meses los pasó mas entristecida, pero poco a poco, conforme empezaba la primavera se la veía más activa, y con más apetito. Stipe, volvió a limpiar y acondicionar el nido para Malena, que ya lo ocupaba para que estuviera más cómoda. Una tarde, en el horizonte apareció la silueta de una cigüeña que venía directamente al nido. Malena empezó a alterarse y a iniciar el característico crotoreo que realizan las cigüeñas cuando se reencuentran con su pareja. Rodan había vuelto y ya estaba en el nido junto a su Malena. La voz corrió por Slanvonski Brod, y no eran pocos los vecinos que se acercaban a ver a la feliz pareja.

De nuevo Rodan hacía de padrazo comprometido. Nuevos polluelos, nuevos cuidados, y de Malena, a la que no le faltaba de nada, ni comida, ni agua, ni mantenimiento del nido. Pero, después del verano, volvía a llegar el frio. Rodan y los polluelos, un año más, volvían a sobrevolar a círculos el nido. Esta vez, era un nutrido grupo de vecinos los que acompañaban como espectadores a Stipe, que permanecía de pie, con la gorra en la mano y el corazón encogido, viendo la despedida, de nuevo de Rodan y Malena.

Ocho años se mantuvo esa relación intermitente de veranos felices e  inviernos separados. Ocho años, uno detrás del otro. Malena y Rodan ya tenían dieciocho y habían criado juntos a treinta y cinco polluelos.

La primavera del noveno año llegó y las cigüeñas ya hacía varias semanas que iban llegando, pero Rodan no aparecía. Malena permanecía en su nido observando el horizonte en silencio. Los vecinos preguntaban al bueno de Stipe, si ya había aparecido Rodan y éste negaba con la cabeza, cabizbajo. Todos pensaban que ya no vendría, cuando oyeron el crotoreo de Malena. En el horizonte una silueta de cigüeña alternaba ligeros aleteos y suaves tiempos de planeo. Era él, y Malena lo sabía.

Pasaron un verano dulce, cariñoso y lleno de atenciones. Su último verano juntos.

 

Nota del autor.

Este relato está basado en hechos reales ocurridos a finales de los ’90 y que hace muchos años fue noticia en prensa . La historia, la localidad y algunos nombres son reales. He usado esta noticia, para construir un relato literario, y por lo tanto, hay hechos y nombres que son ficción en este relato.

Espero que te haya gustado.

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