Ricardo entró en el despacho de Mateo con el aire de quien acaba de descubrir la pólvora. Sobre la mesa, soltó un archivador de lomo ancho que hizo vibrar hasta el monitor del ordenador. Era el «Manual Maestro de la Venta Disruptiva», el fruto de un curso carísimo que la empresa acababa de contratar para el equipo comercial.
Mateo lo abrió con curiosidad y, al momento, sintió un ligero mareo. Las páginas eran una sucesión interminable de capturas de PowerPoint impresas en miniatura, cuatro por hoja, con una letra tan microscópica que hasta a una hormiga le costaría leerla. En la primera página, una cita de Henry Ford que ya había visto en catorce mil tazas de café y otros tantos fondos de pantalla de LinkedIn.
A medida que pasaba hojas, la cosa no mejoraba. Acrónimos extraños que mezclaban el inglés de Oxford con el castellano de Cuenca: el método «S.A.L.E.S.-Dinámico», la matriz «P.R.O.S.P.E.C.T.-Total» y diagramas de flujo que parecían el plano del metro de Tokio. Mucho papel, mucha tinta y, paradójicamente, muy poca chicha.
El vendedor es un delantero, no un catedrático
A veces, en el mundo de la empresa, nos olvidamos de lo más básico. Un vendedor es, en esencia, como el delantero centro de un equipo de fútbol. Su misión es clara: recibir el balón, leer el hueco y meterla en la red. Punto.
Imagínate que, antes de salir al campo, el entrenador le entrega al delantero un archivador como el de Ricardo. Un manual de 400 páginas que explica la física de la rotación del balón, el coeficiente de fricción del césped según la humedad relativa y una matriz DAFO sobre la posición de las manos del portero rival.
¿Qué crees que pasará cuando ese delantero reciba el balón frente a la portería? Que se quedará bloqueado. Tendrá tanta teoría, tantos acrónimos y tantas instrucciones contradictorias en la cabeza que, para cuando decida si debe aplicar el «A.I.D.A.» o el «S.P.I.N.», el defensa ya le habrá quitado la pelota y estará merendando en el vestuario.
La parálisis por el análisis
Llenar la cabeza de un comercial con perogrulladas disfrazadas de terminología anglosajona no lo convierte en un mejor vendedor; lo convierte en un vendedor confundido.
Para vender, al igual que para marcar goles, solo necesitas tres cosas grabadas a fuego:
- Conocer tu producto/servicio: Saber qué vendes y cómo ayuda realmente al cliente.
- Tener la mente despejada: Sin ruido de diapositivas borrosas ni teorías de motivación barata.
- Saber qué tienes que hacer: Una hoja de ruta clara, directa y ejecutable.
Si mareas al equipo con manuales que pesan más que una caja de muestras, lo único que consigues es «parálisis por análisis». El vendedor necesita instinto, claridad y acción. Todo lo demás es, muy a menudo, relleno para justificar facturas de consultorías externas que nunca han pisado la calle.
En el próximo artículo vamos a entrar un poco más a fondo en algunos detalles interesantes, extraídos del libro, sobre gestión comercial. Verás la diferencia y sabrás por qué esos archivadores suelen terminar su vida útil acumulando polvo en la estantería más alta de la oficina. No dejaremos títere con cabeza.
Mientras tanto, si quieres dejarte de acrónimos absurdos y aprender a vender de verdad (aunque sea aplicando un poco de mala leche), te recomiendo que le eches un vistazo al libro: «Vender como un cabrón«. Sin diapositivas de PowerPoint, pero con resultados.



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